El viento sacudía los arboles y el légamo, aireado, se secaba
rápidamente tras la tormenta. El joven Abe Troy deambulaba por el camino
embarrado tras haber pasado toda la noche de lluvias en la taberna. No sabía
donde había dejado su caballo. A lo mejor lo había perdido a las cartas, quién
sabe. Tenía en la boca aún el sabor a madera del buen whisky y el olor a
ungüento de las meretrices. A sus diecisiete años nunca había salido del
condado, pero tenía mundo recorrido de sobras. Era rico siendo pobre, sin las
obligaciones del abolengo ni la moral opresiva de los aldeanos de baja cuna. Ahora,
colorado como la guinda de un bizcocho borracho, volvía a la mansión donde las
criadas le despertarían con el desayuno en la cama cuando el sol se filtrase
entre las brumas en su punto más alto.
Abe era herrumbre, pues herrero era su padre y herrero fue su
abuelo; él sólo había visto el yunque y el martillo desde lejos, entre juegos
de niños y despertares de juegos de mayores. Su madre le había buscado un
empleo como pequeño criado de la familia en cuyas tierras se asentaba el pueblo
de Targhenal, donde vivían su familia y trescientas almas más. Le repugnaba el
trabajo físico y bárbaro de su padre. Tomaba el oficio materno de fregona, que
él equiparaba en su mente al de prostituta, con mejor consideración, pues
gracias a las labores de su madre había conseguido evitar el hambre, las
palizas y el soplete de la fragua. De criado de bacín pasó rápidamente a
compañero de juegos del joven Lord. Ambos tenían más o menos la misma edad e
idéntica vena desalmada, que con el pasar de los años, pasó a una crapulencia
sin límites. El viejo Lord, deformado por los vicios y los estragos de la edad,
permitía en su casa toda clase de travesuras macabras. Abe y el joven Lord
Costigan se hicieron famosos aún más allá del camino que llevaba a Leeds. En
Halloween organizaban fiestas de máscaras, donde invitaban a los niños para darles sustos de muerte; los crueles
padres de las criaturas, cómplices, pasivos, reían la gracia entre los vapores
etílicos y el humo denso del opio.
Estaba perdido. No se veía tan ebrio como para perder el
Norte, así que se asustó un poco. El camino a casa se le antojaba extraño,
oscuro, ominoso. Apenas si se oían las criaturas de la noche. Sólo a lo lejos
un lobo aullaba desganado y triste. No pareciese que el bosque que cruzaba
tuviese vida alguna, aparte de la exuberancia vegetal. Los búhos y los autillos
parecían haber desaparecido, y ningún pequeño roedor se movía por la espesura.
El camino poco a poco se iba secando, como si la tormenta de la tarde pasada
hubiese respetado el corazón de ese
venerable bosque terrible. Abe no sabía dónde estaba, y andaba de una manera
mecánica y torpe. Sus chapines tropezaban con piedras y maleza. El firme de la
senda parecía no haber sido hollado por pie humano o carro desde hacía muchos
años. Llegó el momento en el que la pequeña carretera forestal no se distinguía
del bosque, tan sólo porque por el camino no creían árboles. Como mesmerizado
por fuerzas más allá de su comprensión, el muchacho siguió andando hasta llegar
a un claro; harto ya, con dolor de pies, se sentó en una enorme roca, que bien
podía haber sido un pilar de un antiguo castillo, y se quitó los incómodos
zapatos que la moda imponía por aquellas décadas del setecientos. Unas
terribles ampollas le habían salido en la planta de los pies. “¿Cuánto tiempo
habría caminado para semejante carnicería?”. Las luces del alba asomaban por
oriente, y las estrellas que quedaban en el firmamento índigo brillaban con
especial rutilancia. En aquella bruma
espectral del romper del día divisó cerca, y tan escondida que no había
reparado en ella en la media hora larga que se lamentaba de su suerte en la
piedra ciclópea, una pequeña cabaña. Era humilde, hecha con tablones embreados
como por calafate de barco y techo cubierto de grandes lajas de pizarra. Un
único y gran ventanuco de cristal anaranjado proyectaba la luz que le había
llamado la atención. Se acercó cojeando
apoyado en un palo nudoso que había encontrado en el camino. Con un esfuerzo
extenuante cruzó el claro del bosque, mirando sorprendido la extraña vegetación
que crecía por el paraje. Bulbosas plantas suculentas que parecían tener sangre
en vez de savia, se enredaban en toda piedra o arbusto, cubriendo de ominosa e
insana vitalidad aquel paisaje triste y violáceo. Cuando llegó a la cabaña
llamó con su bastón improvisado y gritando; había una mezcla de ira y miedo
aterrador en su voz. Oyó un ruido dentro, ¡lo habían oído! Eso tornó su voz más
chulesca que asustada. Pensaba que el que viviera allí seguro sería siervo de
los Costigan, con lo que sólo tendría que amenazar para conseguir curas y una
cama caliente, si es que de eso había en esa apartada covacha. Un anciano abrió
la puerta y sin decir nada audible, al menos para Abe, le indico que entrara
con un gesto. Hizo caso y se sentó junto al fuego. Era una única habitación,
pero parecía mucho más pequeña vista por fuera. No estaba sucia como esperaba,
pero sí que tenía un aspecto vetusto, arcaico, como parado en el tiempo.
Gruesos anaqueles de roble negro que cruzaban una de las paredes contenían
grandes volúmenes y objetos que parecían tan valiosos como extraños eran. El
señorito Abe Troy pidió alimentos y una cama, como si el viejo fuese su lacayo.
El hombre tan sólo esbozó una leve sonrisa carente de humor y se sentó en la
mesa. Siguió leyendo y apuntando cosas en unos legajos carcomidos. Al muchacho
le pareció una falta de respeto tal que se puso a gruñir. El anfitrión levantó
la mirada y dijo:
- No sé quién sois, señor, pero es mi casa y creo que debería
ser más amable. Cuando coma yo algo, dentro de un rato, en el desayuno; haré
gachas. Si quiere beber algo en esa botella que está sobre la chimenea hay
vino. Muy bueno, por cierto. Déjeme acabar y después comeremos. El sillón es
confortable; también puede probar a dormir un rato. “Así me dejas tranquilo un
rato” –pensó el anciano-.
- En todos mis años de andanzas por este condado jamás me
había encontrado con semejantes insolencias. ¿Te ríes de mí acaso, puerco viejo
del demonio? - Abe estaba fuera de sí. Era un tipo extraño, al que tenía un
poco de miedo, pero la soberbia le pudo-. ¡Tienes que temerme, viejo! Soy una
persona importante… el mejor amigo del hijo de Lord Costigan, payaso.
- No tengo el gusto de conocer a esos señores, amigo mío. No dudo que sean importantes, pero para mí no lo son. Vivo aquí desde más tiempo del que puedo recordar y nadie me ha molestado. Nunca pagué tributo a ningún rey o señor. Precisamente por eso me escondo en este bosque; no quiero que nadie me tenga que decir lo que debo hacer o no. Vos sois la primera persona con la que he hablado en una década, y ahora recuerdo por qué. Gracias por el recordatorio.
Al joven Abe le quemaban las orejas. Ante tamaño desprecio el
cansancio había penetrado en su interior, pero su faz era la del ardiente y
orgulloso mequetrefe. Pero algo tenía el vino, que le impedía levantarse y
liarse a guantazos con aquel ser minúsculo y blanquecino, arrugado como la
fruta podrida. “¿Sería algún veneno?” Iba a replicar, pero sin embargo, el
viejo siguió hablando.
- Vine aquí desde
Londres, hace mucho. La insolencia y la gallarda estupidez de los que son como
vos, me hicieron huir. Me libré del fuego y de la flagelación por poco. La
bobería más abyecta hace que los que no somos imbéciles vivamos alejados. Pero
yo al menos no me quejo; aquí he aprendido casi todo lo que sé. Tengo mis
libros y la paz del campo de ahí fuera. No necesito más.
- O sea, qué eres un resentido que se agosta en este bosque
de mierda. Jajaja… debes ser un loco de los que hablan los capellanes. Unos de
esos a los que se le seca el seso con los libros. La verdad es que bien visto
tienes pinta de uno de esos santos consumidos que vivían en los desiertos,
zarrapastrosos perdidos, y sólo comían langostas y cigarrones. Me das pena,
viejo. Tus modales son los de un porquero borracho y me dices que no obedeces a
señores. ¡Yo tampoco! Hago lo que me viene en gana. Juego a las cartas y cuando
puedo hago trampas. Robo al padre de mi amigo… ¡y a él también si hace falta!
Violento a las mozas del pueblo cuando me apetece. Aún así, soy un caballero
inglés, respetado por mis camaradas. A ti no te querrían ni en el cubículo más
hediondo del infierno. Tus conocimientos son como cagadas de ganso si no
manejas el acero diestramente. Esos libros que atiborran tus estantes y tu
cabeza son majaderías escritas por bufones como tú. A mí ese papel no me sirve
ni para limpiarme el culo…
- ¡Ay del reino y de las gentes que respeten a hombres como
vos, Abraham Kyle Troy, amigo de rameras y sirviente de retrasados! - El
muchacho se sorprendió de que supiera su nombre. No se había presentado al
anciano-. El saber que contienen estos libros harían de sus regias posaderas un
bebedero de patos en un abrir y cerrar de ojos si osara acercárselo a su
trasero. Duerme, pobre de espíritu, pues podrías levantar la ira de Aquello que
ignoras.
Enseguida Abe se quedó dormido en el sillón mullido y
antiquísimo. El cuero se adaptaba bien a su espalda y la manta que el viejo le
había echado por encima parecía tener el mismo hechizo somnoliento que el vino
que había bebido. Soñó espantos sin nombre. Era consciente de que era un sueño,
pero sin embargo sentía como su vello se erizaba en sus brazos. No vio nada. No
escuchó nada. No olió nada, pero estaba cegado, sordo y la nausea invadía sus
pituitarias de una forma imposible de explicar con palabras. Sólo terror.
Sintió un leve soplo de viento de aroma acre y el calor de una vela. Y luego la
nada de nuevo. Cuando despertó vio al anciano que lo miraba, sorbiendo una pipa
de sepiolita labrada con lujuriosos relieves malsanos. Sostenía la boquilla de nácar
con los dientes amarillentos y esbozaba una sonrisa maligna. Hasta entonces Abe
creía que el viejo era un insolente, pero en sus ojos vio la maldad de todo lo
que había soñado.
- ¿Qué ha pasado, viejo? ¿Qué me has hecho? – Declamó con voz
clara, sintiendo otra vez con fuerzas tras su extraño descanso-. ¡¿Qué me has
hecho?! ¡he preguntado!
- No he hecho nada fuera de lo corriente. Leer y observar su
rostro desgarrarse mientras dormíais. Al entrar en esta casa atravesasteis un
umbral que os gustaría no haber cruzado –hablaba entre dientes con su pipa
desprendiendo olores marinos-. Ahora sois enemigo de las sombras, enemigo del
que duerme, enemigo de los Dioses Otros.
- ¿Tu enemigo? –dijo levantándose-. ¡Valiente enemigo estás
tú hecho! Ven aquí maldito demonio. Te voy a romper el cuello y después quemaré
tus estúpidos tomos.
Dio unos pasos apresurados hacia el anciano, que seguía
riendo en su silla, lo asió por el cuello y comprobó que el hombre no pesaba
más que un hatillo de trigo.
-Yo te maldigo, Abe Troy. Te maldigo con la curiosidad. Una indagación funesta para ti que llenará el infierno con otra alma putrefacta. Yo te…
Cuando aún no había acabado de decir la frase el cuello se
tronchó. Se deshizo totalmente en las manos del joven, como si de barro seco se
tratase. El anciano, todo él, ropas incluidas se desvanecieron en un polvillo
harinoso y que hedía a cubil de serpiente. Enfebrecido y desorientado por el
terror empezó a golpear todo a su alrededor. La antigua pulcritud había
desaparecido y los volúmenes apiñados en la pared aparecían corroídos y
cubiertos de telarañas. En el hogar sólo carbón empolvado. Del estante de la
chimenea cogió los pedernales y comenzó a chocarlos en un raro ritual al fuego.
Todo estaba tan seco y crujiente que ardió como impregnado por el sebo de un
leviatán de las profundidades. Abe saltó por una ventana, enloquecido, con los
ojos muy abiertos y con un dolor insoportable en las manos. Así, delirando y
rendido lo encontró su padre, que había salido a buscarlo por petición expresa
de un joven Lord Costigan, que se aburría.
- Has dormido en un lugar peligroso, hijo –le dijo el herrero
mientras lo acostaba en un catre al lado de la chimenea-. Ha debido ser
terrible.
Su hijo no contestó. Ni ese día ni en el siguiente invierno.
Con la primavera, Abe renació con el Fénix, casi de un día para otro. Decía no
recordar casi nada; era mentira, una más. Le habían dicho que durmió esa noche
en la cabaña de un brujo que murió hace muchos años; muy poderoso, muy poderoso
–susurraba el padre-. No dijo ni una palabra de lo que había vivido esa noche,
pero pensaba para sí: “Vaya nigromante de mierda, lo destruí con estas manos
como si fuera pan crujiente”. Una vez recuperado volvió a sus andadas con el
joven Lord. Fueron a la ciudad y vieron aún más mundo. De vez en cuando venían
a contar sus bravuconadas a los pueblerinos de la taberna y a por más oro de
los Costigan. Tienen tanto oro como negra es su alma, chafardeaban las viejas
del vetusto Lord Costigan, que por estar impedido no podía irse de aventuras
con sus compinches.
Coincidió un día que estaban en la mansión de banquete. Un
heraldo involuntario, pero satisfecho, el médico de Targhenal, llegó con las
nuevas: había estallado la guerra. Los chicos estaban eufóricos. ¡Por fin algo
de acción! Irían a alistarse de inmediato. Yo tengo el sable de mi abuelo
Tarlogh -dijo Lord Costigan-. Mi padre me hará una espada digna de un rey
-replicó Abe- o lo desollaré vivo. Todos estaban alborozados por la noticia y
bebieron hasta caer rendidos.
Ascendieron rápidamente a base de quemar pueblos y masacrar a
sus gentes. Los franceses huían aterrados cuando oían hablar de la 6ª de
Lascartfield. Formada por la chusma de los más oscuros condados de Escocia e
Irlanda, los únicos ingleses eran Costigan y Abe. Como se portaban bien a la
hora del repartir el botín, sus hombres lo idolatraban. Jamás participaron en
batalla alguna. Los altos mandos sabían utilizarlos y crear el terror en
retaguardia era su principal misión.
Fueron adentrándose más y más en una Europa desolada y derruida,
hasta llegar al Este. Llegaron al caer la noche a una aldea. No sabían muy bien
dónde diantres estaban, pero tampoco les importaba mucho. Se alojaron en la
casa más brillosa del poblacho, que no dejaba de ser un sitio humilde, aunque a
estas alturas que hubiese fuego y vino era lo importante. Un escocés muy feo
cantaba melancólicamente y los otros, ebrios y cansados, dormitaban echados en
la mesa o en sillones de madera. Abe y su amigo se habían reservado la única
habitación con camas, en el piso superior. Llevaban días sin parar en lugar
seguro, así que se retiraron pronto. Las camas eran blandas y no tardaron en caer
rendidos.
Abe tenía el sueño bastante ligero. Todo estaba en silencio;
sólo el aire a través de las rendijas ululaba de forma misteriosa. Algo extraño
le albergó. Se puso las botas, y deambuló por el piso de arriba. Todo estaba
oscuro, en paz. De repente oyó más fuerte el viento; parecía que venía de lo
alto. Buscó. Encontró unas escaleras que parecían no haber sido utilizadas en
mucho tiempo. El polvo cubría los travesaños y el olor era dulzón y húmedo.
Metió el candil de aceite en el hueco de la escalera y observó al final de los
escalones una pequeña puerta. Algo más fuerte que su cansancio le hizo ascender decididamente,
levantando los cenicientos posos al pasar, formando una neblina irrespirable.
La puerta estaba atrancada, pujada por la humedad y por los años. Dos patadas
contundentes sirvieron para vencer el obstáculo; la entrada daba a una
habitación abuhardillada, donde parecía que antiguamente había habido palomos.
Todo estaba lleno de excrementos secos, plumas y granos de trigo esparcidos por
el suelo. Colgando de las vigas hatos de tabaco de los que sólo quedaban las
cuerdas mohosas. En un rincón había una mesita, fuerte y maciza, formada por
troncos apenas trabajados y una plancha de madera con mil barnizados. Encima de
la mesa, un libro. De repente, sin pensar en nada, sintió curiosidad. Esa
curiosidad que le había llevado allí desde su mullida cama. Había atravesado
media Europa para sentirla, pero allí estaba. Se sentó curioso en una silla
mugrienta, la arrimó a la mesa y leyó la portada del volumen. Ya lo había visto
antes. Era el que ese viejo horrible leía mientras el penaba en sueños en la
cabaña del claro del bosque. Al tocar el cuero de encuadernar las sensaciones
se multiplicaron y esa curiosidad sencilla se convirtió en necesidad imperiosa
de leer el contenido del enorme tocho que tenía ante sí. Estaba escrito en
alemán, lengua que no dominaba. Pero como por arcana magia las letras cambiaron
de lugar y hasta de forma. Ahora estaba listo para aprender. No sabía el
precio, pero lo imaginaba, fue consciente de que la maldición del viejo de la
cabaña era real, tan auténtica como el sol saliendo por Oriente, tan tangible
como la madera vieja que crujía a su alrededor, tan fatal como que el tiempo a
su alrededor se desvanecía, dejando en penumbra la sala, una mezcla
interminable de días y noches que se sucedían, mientras él leía misterios más
allá de toda comprensión humana. Todo el mundo que había conocido no era sino
fuego fatuo. Las ominosas realidades repetidas desde los más sombríos eones se
manifestaban en su mente como esclarecedoras verdades, que, aunque le
parecieran obviedades y perogrullos, eran imposibles de concebir por la raza a
la que pertenecía. Y leyó y leyó y leyó del fantástico libro hasta que su piel
fue pergamino que se descascarilla y en las cuencas vacías de los ojos, sólo le
quedaba grasa seca y gusanos. Su carne desaparecía entre extraños dolores, pero
debía seguir; seguir leyendo. Ahora la curiosidad le daba la vida, pues esta
había abandonado su cuerpo mortal hacía mucho. Y así continuó leyendo,
encerrado, como Segismundo en su castillo, hasta el final de los tiempos.

Bonito cuento, con chimeneas, libros antiguos, brujos y maldiciones me tienen ganado.
ResponderEliminarQue bueno eres, Slowhand.
ResponderEliminarEso es lo que deparará este blog, si.
Buen verano, tocayo (si es que en algún universo paralelo slowhand y mameluco son el mismo nombre) :)
"La bobería más abyecta hace que los que no somos imbéciles vivamos alejados."
ResponderEliminarsublime...
Se refería a los brujos, pero en un contecto más general y actual es a todo aquel que disiente -o pasa de disentir o entrar al trapo- en solitario.
EliminarEs usted muy amable Ster querida.